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La historia de los suplementos vitamínicos

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Este es el artículo 1 de 2 de la serie Suplementos vitamínicos

Las vitaminas son moléculas fundamentales para un adecuado crecimiento y desarrollo de los seres vivos, ya que participan como catalizadores de procesos fisiológicos importantes. Los seres humanos necesitamos 13 vitaminas: A, C, D, E, K y las seis vitaminas B (tiamina, riboflavina, niacina, ácido pantoténico, biotina, vitamina B6, vitamina B12 y folato o ácido fólico). La mayoría de ellas no es sintetizada por los organismos, por lo que deben incorporarse a través de la dieta. Si bien las cantidades diarias de vitaminas que se necesitan para un normal funcionamiento del metabolismo son muy pequeñas (del orden de los microgramos diarios), su deficiencia produce enfermedades que si no son compensadas, pueden llevar a un gran deterioro de la salud y hasta la muerte.

Hoy en día, resulta frecuente escuchar o leer recomendaciones sobre la ingesta de vitaminas. A partir de esto ha derivado un incremento en la venta de suplementos alimentarios en los últimos años. Los representantes del sector que ofrece estos productos, argumentan que los alimentos no contienen suficientes vitaminas. Sin embargo, los expertos en nutrición afirman que todos los nutrientes que necesitamos se suelen encontrar en cualquier dieta rutinaria.

¿Pero porqué hay diferencia de opiniones? La diferencia de opiniones es algo común en ciencia. El tiempo y las investigaciones sucesivas van arrojando resultados que nos muestran que la tendencia se encuentra en una dirección determinada y hacia allá nos dirigimos. Siempre va a haber resultados que contradicen la tendencia, por lo que es necesario revisar la calidad de las investigaciones que han dado esos resultados en búsqueda de algún error en el modelo experimental; un sesgo. Pero en este caso la disonancia no es entre los expertos sino entre éstos y los vendedores de los productos. Algo está mal y no se debe a la ciencia.

pweb_pauling_062105Quizás todo comenzó con Linus Pauling. En 1930 publicó un artículo en el Journal of the American Chemical Society titulado "La naturaleza del enlace químico", donde argumenta que la idea previa que se tenía sobre los enlaces químicos no era tan simple como se creía (sólo se conocía el enlace covalente y el iónico). Así dio inicio a la unión entre dos disciplinas: la química y la física cuántica. Por este paper Pauling recibió el Premio Langmuir como el químico joven más sobresaliente de los Estados Unidos, se convirtió en la persona más joven en haber sido elegida como miembro de la Academia Nacional de Ciencias, se hizo un profesor de tiempo completo en el CALTECH y ganó el Premio Nobel de Química. Todo con 30 años de edad.

Pero lo anterior fue sólo el inicio de lo que sería una fructífera carrera científica. En el año 1949, publicó un artículo en Science titulado "La anemia de células falciformes, una enfermedad molecular", donde explica que la anemia falciforme era producida por la presencia de una carga eléctrica diferente en la molécula de la hemoglobina que cambiaba drásticamente su capacidad de transportar oxígeno. Su hallazgo dio origen al campo de la biología molecular. En 1951, Pauling publicó un documento en los Proceedings of the National Academy of Sciences titulado "La estructura de las proteínas", donde proponía que las proteínas tenían una estructura secundaria determinada por su plegamiento sobre sí mismas, lo que llamó configuración alfa-hélice. Este hallazgo fue utilizado por James Watson y Francis Crick para explicar la estructura del ADN. En 1961 unió la biología molecular, la biología evolutiva y la paleontología al demostrar que los seres humanos se habían separado de los gorilas hace unos 11 millones de años, mucho antes de lo que los científicos sospechaban en ese momento.

A pesar del pensamiento riguroso de Pauling y su expléndida carrera científica, no pudo evitar caer en manos de las pseudociencias. A fines de los años '60 tuvo contacto con Irwin Stone, quien le sugirió que consumir vitamina C en dosis elevadas iba a mejorar tanto su calidad como su expectativa de vida. Pauling siguió sus consejos y se sintió mejor. Lo anterior lo llevó a escribir su libro "La vitamina C y el resfrío común", donde recomendaba a la población a consumir 3000 miligramos de vitamina C todos los días (casi 50 veces la cantidad diaria recomendada). Más tarde se imprimieron otras versiones con la intención de evitar una pandemia de gripe porcina. Las ventas de vitamina C aumentaron de manera descontrolada y a mediados de la década de los '70 y millones de estadounidenses estaban siguiendo el consejo de Pauling. Los fabricantes de vitaminas llamaron a este suceso "el efecto Linus Pauling".

column25-vitamincPero Pauling no fue un pionero en este campo como lo fue en otros. Ya en 1942 (30 años antes de la publicación de su libro), Cowan y colegas habían publicado un artículo llamado "Vitaminas para la prevención de la Los resfriados", donde concluían que "En las condiciones de este estudio controlado, en el que se trataron 980 resfriados no hay ninguna indicio de que la vitamina C por sí sola, un antihistamínico solo, o la combinación de vitamina C y un antihistamínico, tengan algún efecto importante en la duración o gravedad de infecciones del tracto respiratorio superior". Aunque los estudios demostraban que estaba equivocado, Pauling se negó a creerlos y continuó promoviendo la vitamina C en los discursos, artículos de divulgación y libros.

Pauling pusó todas las fichas en la mesa y afirmó que el consumo de dosis elevadas no solo curaba los resfriados, también curaba el cáncer. Charles Moertel, médico de la Clínica Mayo, sintió curiosidad por las afirmaciones del ganador del Premio Nobel de Química y decidió ponerla a prueba. Moertel y sus colegas diseñaron un estudio doble ciego con grupo control para comparar los efectos de las megadosis con vitamina C versus el placebo en pacientes con cáncer avanzado con quimioterapia previa, dando como resultado un nulo beneficio de la administración de megadosis de vitamina C. Pauling estaba indignado, así que escribió una carta a la editorial del New England Journal of Medicine (donde el estudio fue publicado), argumentando que Moertel se había equivocado porque el tratamiento de megadosis con vitamina C solo era útil para los pacientes que no habían hecho quimioterapia. Así es que Mortel y sus colaboradores decidieron hacer otro estudio, esta vez en pacientes sin quimioterapia previa. La conclusión fue exactamente la misma: no hay beneficios cuantificables.

1101920406_400Para muchos era el fin del debate, pero para Pauling no. No sólo no se detuvo en la divulgación de las "propiedades" de la vitamina C sino que afirmó que megadosis de vitamina C, selenio y betacaroteno eran capaces de curar cualquier enfermedad del ser humano. Inclusive, las vitaminas podían curar el SIDA.

Pero el boom fue en el año 1992, cuando la revista Time colocó en su portada "El poder real de las vitaminas: Una nueva investigación muestra que pueden ayudar a combatir el cáncer, las enfermedades cardiovasculares y el envejecimiento". Podrán imaginar el resto de la historia, los medios de comunicación propagaron la noticia como pólvora.

Estas ideas fueron replicadas a lo largo de los años bajo los mismos argumentos falaces: "Un ganador del Premio Nobel de Química afirma que la utilización de megadosis de vitaminas puede curar cualquier enfermedad conocida y las farmafias ocultan esta información porque no les conviene que se sepa la cura del cáncer".

Éste fue el nacimiento de la Medicina Ortomolecular.

¿Pero que dice la evidencia científica al respecto? Ese será el tema del próximo artículo.

24Oct/11108

Chlorella, el superalimento

Chlorella

Chlorella bajo el microscopio.

Es sorprendente cuánto de regresión y de nostalgia hay en lo que se llama la Nueva Era. Hasta ahora lo había notado en su insistencia en volver a las “sabidurías ancestrales” o al estado de comunión con lo “natural” que supuestamente disfrutaban los pueblos antiguos. Pero también puede encontrarse un retorno a utopías científicas. De un caso de ésos quiero hablar: el de la Chlorella.

Chlorella (no los aburriré con los detalles) es un alga unicelular que contiene una variedad de nutrientes y que en ambientes apropiados crece con cierta facilidad por división asexual. Basándose en datos de laboratorio y en un optimismo exagerado, los investigadores de los años 1940–1950 la elevaron a un status de “superalimento”, proponiéndola como solución al hambre mundial. Como Chlorella era prácticamente pond scum (la porquería verde que crece los estanques), se dijo que una siembra bien organizada del océano sería baratísima y podría dar de comer al planeta, retrasando —al menos— la catástrofe malthusiana por unas cuantas décadas. Pero la ilusión se derrumbó. Chlorella tiene una membrana de celulosa dura e indigerible. El altísimo rendimiento fotosintético que se le atribuía resultó ser mucho menor fuera del laboratorio. Cosecharla tampoco era tan sencillo. Chlorella no sería jamás la panacea para el hambre de la humanidad.

Entra en escena la Nueva Era. Todos sabemos que hace falta demanda para poder llenarla con una oferta; para que la oferta nuevaeriana de salud y bienestar sea aceptada, hay que crear una necesidad por vía del miedo. Estamos mal nutridos. Hay toxinas y “químicos” en los alimentos que compramos en el supermercado. Nos faltan vitaminas porque no comemos alimentos “naturales”. En las paredes de nuestros intestinos se acumulan desechos que nos envenenan lentamente. Porque no estamos en armonía, porque estamos desbalanceados, por culpa del estrés, nos acechan enfermedades terribles. Algunas religiones plantean que somos defectuosos y necesitamos ser reparados; la Nueva Era nos dice que seremos perfectos si corregimos nuestros desequilibrios: a fin de cuentas casi lo mismo. Y Chlorella, como otros suplementos dietarios, es la corrección que nos ofrecen.

Chlorella - Fuente de salud

“Fuente de salud” (La Capital, suplemento Mujer, 09/oct/2011)

Si uno busca información sobre esta notable alga, se ve inundado por propaganda. Cientos o miles de empresas venden Chlorella como producto milagroso que nutre, aporta vitaminas, refuerza el sistema inmunológico, previene el cáncer y remueve del cuerpo metales pesados (quelación). Las legislaciones de los distintos países varían, pero hasta donde se ve, casi cualquier cosa puede venderse como suplemento dietario en tanto no se utilice la palabra “curar” o algún otro indicador de que se está ejerciendo la medicina en forma ilegal o por fuera de la regulación.

Los estudios científicos que se han hecho sobre Chlorella no aportan mucho a este entusiasmo. Chlorella no rebosa de vitaminas. Un par de estudios demuestran que podría disminuir la incidencia de un par de tipos de tumores oncológicos en cierto tipo de ratones. Es cierto que contiene nutrientes, y también es cierto que uno puede obtenerlos comiendo otras cosas, más sabrosas y muchísimo más baratas. No hay ni un indicio de que sea buena para el sistema inmunológico humano ni de que sea un agente quelante eficaz. El “factor de crecimiento de la Chlorella” no parece existir fuera de los sitios web que lo venden. (Y desde luego la clorofila no es igual a la hemoglobina cambiando hierro por magnesio —cosa que aunque fuera cierta tampoco significa nada.)

La propaganda que esta “asesora nutricional holística” hace de la Chlorella omite las pretensiones de transformarla en alimento para la humanidad, pero parte del mito original y lo embellece con pretensiones comunes a muchos otros suplementos dietarios de dudosas virtudes (como la espirulina). Exceptuando estas cuestiones específicas, parece que sus fuentes de información dataran, como muy tarde, de los años ’60. En este caso la intención es obviamente comercial y no cabe duda de que toda la página del diario es un aviso pago, pero detrás de eso hay un mercado de consumidores ignorantes que se tragan entera esta extraña mezcla de nostalgia por la armonía pasada y de exaltación de los métodos modernos de refinación de alimentos.