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Chlorella, el superalimento

Chlorella

Chlorella bajo el microscopio.

Es sorprendente cuánto de regresión y de nostalgia hay en lo que se llama la Nueva Era. Hasta ahora lo había notado en su insistencia en volver a las “sabidurías ancestrales” o al estado de comunión con lo “natural” que supuestamente disfrutaban los pueblos antiguos. Pero también puede encontrarse un retorno a utopías científicas. De un caso de ésos quiero hablar: el de la Chlorella.

Chlorella (no los aburriré con los detalles) es un alga unicelular que contiene una variedad de nutrientes y que en ambientes apropiados crece con cierta facilidad por división asexual. Basándose en datos de laboratorio y en un optimismo exagerado, los investigadores de los años 1940–1950 la elevaron a un status de “superalimento”, proponiéndola como solución al hambre mundial. Como Chlorella era prácticamente pond scum (la porquería verde que crece los estanques), se dijo que una siembra bien organizada del océano sería baratísima y podría dar de comer al planeta, retrasando —al menos— la catástrofe malthusiana por unas cuantas décadas. Pero la ilusión se derrumbó. Chlorella tiene una membrana de celulosa dura e indigerible. El altísimo rendimiento fotosintético que se le atribuía resultó ser mucho menor fuera del laboratorio. Cosecharla tampoco era tan sencillo. Chlorella no sería jamás la panacea para el hambre de la humanidad.

Entra en escena la Nueva Era. Todos sabemos que hace falta demanda para poder llenarla con una oferta; para que la oferta nuevaeriana de salud y bienestar sea aceptada, hay que crear una necesidad por vía del miedo. Estamos mal nutridos. Hay toxinas y “químicos” en los alimentos que compramos en el supermercado. Nos faltan vitaminas porque no comemos alimentos “naturales”. En las paredes de nuestros intestinos se acumulan desechos que nos envenenan lentamente. Porque no estamos en armonía, porque estamos desbalanceados, por culpa del estrés, nos acechan enfermedades terribles. Algunas religiones plantean que somos defectuosos y necesitamos ser reparados; la Nueva Era nos dice que seremos perfectos si corregimos nuestros desequilibrios: a fin de cuentas casi lo mismo. Y Chlorella, como otros suplementos dietarios, es la corrección que nos ofrecen.

Chlorella - Fuente de salud

“Fuente de salud” (La Capital, suplemento Mujer, 09/oct/2011)

Si uno busca información sobre esta notable alga, se ve inundado por propaganda. Cientos o miles de empresas venden Chlorella como producto milagroso que nutre, aporta vitaminas, refuerza el sistema inmunológico, previene el cáncer y remueve del cuerpo metales pesados (quelación). Las legislaciones de los distintos países varían, pero hasta donde se ve, casi cualquier cosa puede venderse como suplemento dietario en tanto no se utilice la palabra “curar” o algún otro indicador de que se está ejerciendo la medicina en forma ilegal o por fuera de la regulación.

Los estudios científicos que se han hecho sobre Chlorella no aportan mucho a este entusiasmo. Chlorella no rebosa de vitaminas. Un par de estudios demuestran que podría disminuir la incidencia de un par de tipos de tumores oncológicos en cierto tipo de ratones. Es cierto que contiene nutrientes, y también es cierto que uno puede obtenerlos comiendo otras cosas, más sabrosas y muchísimo más baratas. No hay ni un indicio de que sea buena para el sistema inmunológico humano ni de que sea un agente quelante eficaz. El “factor de crecimiento de la Chlorella” no parece existir fuera de los sitios web que lo venden. (Y desde luego la clorofila no es igual a la hemoglobina cambiando hierro por magnesio —cosa que aunque fuera cierta tampoco significa nada.)

La propaganda que esta “asesora nutricional holística” hace de la Chlorella omite las pretensiones de transformarla en alimento para la humanidad, pero parte del mito original y lo embellece con pretensiones comunes a muchos otros suplementos dietarios de dudosas virtudes (como la espirulina). Exceptuando estas cuestiones específicas, parece que sus fuentes de información dataran, como muy tarde, de los años ’60. En este caso la intención es obviamente comercial y no cabe duda de que toda la página del diario es un aviso pago, pero detrás de eso hay un mercado de consumidores ignorantes que se tragan entera esta extraña mezcla de nostalgia por la armonía pasada y de exaltación de los métodos modernos de refinación de alimentos.