15Ago/122

Café Científico: ciencia ficción y tecnología

El miércoles pasado asistí a una edición del Café Científico en el bar La Fávrika (en Rosario), que solía realizarse hace unos años y que se ha renovado este año. El Café Científico consiste, simplemente, en charlas sobre temas de ciencia desde una tarima al fondo del bar, un par de horas antes del horario de la cena, de manera que el público pueda venir y escuchar mientras toma una merienda. Después hay un espacio para preguntas y para una charla más desestructurada con el conferencista. El ciclo es organizado por la Secretaría de Estado de Ciencia, Tecnología e Innovación del Gobierno de la Provincia de Santa Fe.

La primera charla del CC 2012 trató de la interacción entre la ciencia ficción y la tecnología, y estuvo a cargo del Dr. Esteban Serra, docente de la Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacia de la UNR e investigador del Instituto de Biología Molecular y Celular de Rosario (dependiente del CONICET). Serra dedicó la primera mitad de su exposición a una historia (muy resumida) de la ciencia ficción, cuyos comienzos algunos encuentran —estirando mucho la definición— en la irónicamente llamada Historia verdadera, una novela sobre un viaje a la Luna escrita por Luciano de Samosata (121–181 E.C.), aunque otros lo postergan al menos hasta El otro mundo, obra en dos partes (1657 y 1662) de Cyrano de Bergerac, que narra el viaje del autor a la Luna y al Sol, o bien hasta Los viajes de Gulliver (1726) de Jonathan Swift, si bien el consenso está más cerca de situar el origen de la ciencia ficción en Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), de Mary Wollstonecraft Shelley.

Como bien señaló Serra, “ciencia ficción” es una traducción literal e incorrecta de la expresión inglesa science fiction, que gramaticalmente designa a un tipo de ficción: la “ficción científica”, como también se la llama. Serra mencionó que donde no se importó la palabra inglesa directamente hoy se usan otros términos, traducibles como “fantaciencia”: una combinación entre fantasía y ciencia. Para un autor que citó (¡y que yo no recuerdo ahora!) la diferencia entre fantasía y ciencia ficción radica en que, por un lado, la historia tiene permitido recurrir a elementos que el lector puede juzgar como fantásticos, pero el lector debe plantarse frente al texto considerando a priori que no se trata de fantasía sino de eventos naturales plausibles, aunque sin explicación. En relación a esto mencionó la importancia de la Tercera Ley de Clarke: “Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.”

Hugo GernsbackExplicó Serra que la ciencia ficción nació como una literatura de género, con ciertas limitaciones de formato inherentes, que la aislaron de la literatura, a secas, durante décadas, como cosa poco seria. (“El 90% de todo es basura”, recordó, citando a otro gran escritor, Theodore Sturgeon, y la ciencia ficción nunca estuvo exenta, mucho menos cuando era literatura de folletín, con escritores a los que les pagaban por palabra para ser publicados en revistas pulp. Aunque esas revistas hayan sido el humus del cual crecieron las ideas de Isaac Asimov, por citar sólo al más notable.) La transformación de space western a algo más riguroso la impusieron dos editores de revistas, primero Hugo Gernsback (en cuyo honor se entrega todavía hoy el Premio Hugo a la mejor obra del género) y luego John W. Campbell, verdadero maniático de la exactitud y la verosimilitud (hasta que algo falló, quizá algún relé de su cerebro probablemente positrónico, y se dedicó a la pseudociencia y a probar la Dianética —madre de la Cienciología— de L. Ron Hubbard). Del excesivo rigor el género fue rescatado por una New Wave o Nueva Ola de escritores con un background más amplio, como Ursula K. LeGuin, hija del famoso antropólogo Alfred Kroeber y la escritora y también antropóloga Theodora Kracaw.

La interacción entre la ciencia y la ficción, o mejor, entre la tecnología y la técnica por un lado y las obras de ficción científica por el otro, era el tema principal de la charla. Serra notó que la ciencia ficción es hoy un género terminado. Pertenece al siglo XX, el momento de la historia en que la tecnología producida gracias a la ciencia “nos pasó por encima”, cambiando nuestro mundo a una velocidad nunca vista antes. Pero la tecnología actual, al ser ubicua y cada vez más sencilla de manejar, no nos produce la misma sensación que la que nuestros padres, abuelos o bisabuelos sintieron cuando apareció el teléfono o el televisor. La tecnología de hoy es fácil de usar (por eso un chico de dos años puede manejar un control remoto o un mouse) y las complejidades de su funcionamiento están cada vez más ocultas.

A Canticle for LeibowitzSerra daba el ejemplo de las memorias de estado sólido (como las de los pen drives). “¿Cómo funciona esto?”, le preguntó a un amigo físico. “Gracias al efecto túnel.” “¿Y cómo funciona el efecto túnel?” La explicación está en Wikipedia y en mil lugares más, pero sirve de muy poco a quien no tenga bastantes conocimientos de física cuántica. Y la verdad, no hace falta en absoluto conocerla.

Así llegamos a un punto en que la tecnología, de tan avanzada, es (o se ve, o no nos molesta ver como) magia. Y así llega el fin de la ciencia ficción, que ya no nos trae noticias porque todo ha sido inventado, que no nos educa sobre ciencia porque es demasiado difícil, y que termina siendo colonizada, en las librerías y en el cine, por vampiros adolescentes. El resto de lo que se produce resulta trillado, quizá porque no hay mucho más que imaginar que no se haya imaginado ya. ¿Viajes espaciales más rápidos que la luz, encuentros con extraterrestres, imperios galácticos? Trillado. ¿Robots, androides, máquinas biológicas? Trilladísimo. ¿Telepatía, mentes colectivas, precognición? Hecho. ¿Naves gigantescas, mundos artificiales, megaingeniería? Hecho de sobra. ¿Sociedades utópicas, distópicas, anarquistas, post-apocalípticas, dominadas por grandes corporaciones, vueltas a la Edad Media? Hecho y recontrahecho. Hasta la ingeniería genética radical y el transhumanismo empiezan a verse agotados.

Quizá sea éste el lado oscuro de la Tercera Ley de Clarke. Cuando la propia tecnología (no la de los extraterrestres o los hombres del futuro) se vuelve indistinguible de la magia, llegamos a una sociedad que es “exquisitamente dependiente de la ciencia y la tecnología, en la que casi nadie sabe nada de ciencia y tecnología”, en palabras de Carl Sagan: “una receta para el desastre”.