22Jun/1214

Prometeo y su problema de ADN

Prometeo (título original: Prometheus) se estrenó en los cines argentinos el jueves 14 de junio. Fui a verla el domingo y volví con sentimientos mezclados sobre esta realización técnicamente imponente, que transcurre en el mismo universo que la saga de Alien comenzada en 1979.

Soy un incorregible fanático de la ciencia ficción, pero ya estoy acostumbrado al maltrato. No pretendo que Hollywood me dé historias profundas ni exactitud científica; sí pido que la suspensión del descreimiento no me requiera un esfuerzo considerable. Otros ya han escrito esa crítica; acá sólo me gustaría aprovechar las fallas de Prometeo para hacer un poco de divulgación. ¡A partir de esta línea es que quienes no hayan visto la película deberían dejar de leer!

SPOILER ALERT

La escena inicial nos muestra a un ser humanoide ingiriendo una sustancia de aspecto orgánico que en cuestión de segundos produce una completa desintegración de su cuerpo. El ADN del humanoide se desenrosca y deshace mientras éste cae al agua, en un planeta que aparenta ser la Tierra antes de la aparición de la vida. Bajo la influencia de esta sustancia extraña, el ADN vuelve a ensamblarse y al poco tiempo vemos cómo se transforma en una célula que se divide. Todo indica que éste es el origen de la vida en nuestro planeta. Cuando (mucho después) un par de científicos humanos encuentran el cadáver de un humanoide de la misma especie, en otro planeta, les basta un chequeo sencillo para comprobar que su ADN es idéntico al humano.

Arriba dije que no requería exactitud científica. Pero calificar esto simplemente como “inexacto” sería como carbonizar un pollo y decir que está “bien cocido”. ¿Cómo empezar? El ADN no es una sustancia que mágicamente produce vida. Es una molécula frágil e inerte que necesita toda una maquinaria celular sofisticada para poder hacer copias de sí mismo. “Sembrar” ADN en el agua de un planeta sin vida no hará que aparezcan formas de vida allí. Sin más, uno de los problemas de la ciencia que busca el origen de la vida es determinar cómo el ADN llegó a evolucionar, dado que para que sirva para algo debe existir previamente toda una serie de procesos celulares, los cuales a su vez no sirven para mucho si no hay ADN que copiar.

Podemos suponer que el ADN del humanoide no se deshizo sino que mutó dentro de sus células. La sustancia negra parece ser un mutágeno de gran poder, que podría transformar el ADN y dar origen a células de otro diseño. Pero entonces no sería más el ADN de la raza humanoide, y no podríamos reconocerlo como igual al nuestro después.

Para que las células del humanoide puedan transformarse en células como las de los primeros organismos terrestres deberían mutar considerablemente. Pero la mutación no es dirigida; de hecho se define como un cambio al azar de los genes. La mutación es lo que le da a la evolución su parte de azar. Lo que se muestra en la película es equivalente a arrojar al aire letras sueltas de un libro, esperar unos millones de años a que se junten entre sí y luego tomar el nuevo conjunto de letras resultante y descubrir que formaron el mismo libro.

Si el ADN del humanoide es igual al del Homo sapiens, todo esto no puede haber ocurrido. Por otra parte, es difícil entender cómo pueden ser iguales los genotipos cuando los fenotipos son tan diferentes. Los “ingenieros” de Prometeo miden un par de cabezas más que los humanos, son de piel totalmente blanca, casi transparente, y parecen tener una musculatura que sólo vemos entre los humanos más excepcionales. Además no han cambiado en miles de millones de años.

Ridley Scott dijo en una entrevista que se basaba en las teorías de Erich von Däniken sobre “astronautas antiguos”. Tales teorías son patrañas pseudocientíficas sin la menor base, aunque con muy buena prensa en su momento. No es éste lugar para refutarlas, pero vale aclarar que no hay nada a priori que impida uno de los siguientes escenarios:

★ “Extrarrestres creadores”, en el que una raza extraterrestre llega a un planeta sin vida y deposita allí los precursores bioquímicos necesarios para su desarrollo, quizá dando cada tanto un leve empujoncito al proceso, pero nunca de manera que pueda distinguirse de la casualidad.

★ “Extraterrestres maestros”, en el que seres más avanzados vienen a la Tierra, ya poblada por humanos, y los ayudan a progresar dándoles conocimiento, tecnología, etc. Von Däniken y sus hijos bastardos intelectuales proponen que así es como los egipcios pudieron construir las pirámides, por ejemplo. El argumento de 2001: Odisea espacial es una variante que coloca la venida de los extraterrestres más atrás en el pasado, en el momento de la transición entre los homínidos prehumanos y el Homo sapiens: el rol de “maestro” lo cumple un dispositivo que de alguna forma estimula las mentes de los simios hasta lograr que fabriquen herramientas.

No hay nada, como dije, que haga esto imposible, pero con un mínimo conocimiento de historia, paleontología y antropología se puede descartar el escenario estilo von Däniken. Los egipcios eran perfectamente capaces de levantar pirámides, al igual que los habitantes de la Isla de Pascua pudieron levantar sus moai y los antiguos bretones erigir Stonehenge. No hay signo alguno de que hayan sido “ayudados” por inteligencias extraterrestres.

Si Prometeo mostrara un escenario de “extraterrestres creadores” en el que los extrarrestres fueran totalmente distintos a nosotros, la escena inicial sería un poco más plausible (con las licencias del caso por el asunto del ADN). Si omitiera eso y se concentrara en mostrar un escenario de “extraterrestres maestros”, que es lo que parecen mostrar las pinturas y dibujos encontrados por la pareja de arqueólogos del Prometeo, también sería plausible, aunque de todas maneras deberían ser seres muy distintos a nosotros.

Hay dos formas en que los “ingenieros” puedan ser similares a los humanos:

◐ Que ellos, por su cuenta y utilizando una avanzadísima ingeniería genética, se hubieran hecho así para parecerse a nosotros.

◑ Que nos hubieran creado hace relativamente poco, a su imagen, e injertado en el ecosistema terrestre.

La primera opción queda descartada porque claramente los “ingenieros” son humanoides desde el principio. La segunda crearía una discontinuidad en el árbol de la evolución que sería visible a cualquiera que lo estudiara (¡los chimpancés no serían parientes cercanos nuestros; serían parecidos a nosotros sólo por casualidad!).

El biólogo de la nave se burla de la idea de los dos arqueólogos porque barre de un plumazo con “tres siglos de darwinismo”, y tiene toda la razón. Lástima que sea la primera víctima. Darwin sigue siendo válido en 2093: los mejor adaptados sobreviven; los que acercan la cara a un organismo desconocido con aspecto amenazante, generalmente, mueren. Ése, creo, es el único mensaje científicamente acertado de Prometeo… pero no hacía falta gastar 130 millones de dólares para transmitirlo.

7Feb/1230

Psicoanalistas lacanianos logran censurar un documental sobre autismo

El texto que sigue es traducción de un post invitado de Maarten Boudry en el blog Rationally Speaking, del filósofo Massimo Pigliucci. Trata de la supresión por vía judicial de un documental, El muro, sobre la visión del autismo en el psicoanálisis. El artículo original se titula Tear Down The Wall: Psychoanalysts Suppress Documentary on Autism. Lo publicamos sin más comentario, con permiso del Prof. Pigliucci.

Maarten Boudry es filósofo y estudioso de filosofía de la ciencia. Ha investigado la estructura de la pseudociencia, el conflicto ciencia-religión, el escepticismo, el naturalismo científico y las implicancias filosóficas de la teoría de la evolución. Es co-editor, junto con Massimo Pigliucci, del libro (próximo a aparecer) The Philosophy of Pseudoscience: Reconsidering the Demarcation Problem.

Derriben el muro: Psicoanalistas suprimen documental sobre autismo

por Maarten Boudry

 

El documental francés El muro (Le mur), que critica las posturas del psicoanálisis sobre el autismo, ha causado cierta conmoción en los últimos meses, incluso llegando a ser mencionado en The New York Times. Francia es uno de los últimos bastiones remanentes del psicoanálisis, la teoría y terapia creada por Sigmund Freud y desarrollada por sus incontables acólitos. En la mayor parte del mundo anglosajón, la influencia del psicoanálisis ha disminuido en forma continua durante las últimas décadas (salvo en las humanidades y los estudios culturales), pero la salud pública y los departamentos académicos de psicología de Francia siguen aún dominados en gran medida por el psicoanálisis, en particular por los seguidores del carismático Jacques Lacan, quien fuera uno de los blancos principales del libro Imposturas intelectuales de Alan Sokal y Jean Bricmont. En la mayor parte de los demás países, diferentes variantes de la terapia cognitivo-conductual (TCC) se consideran el tratamiento estándar para el autismo (y otras afecciones psicológicas). Los psicoanalistas franceses continúan resistiéndose a ella, porque la consideran (falsamente) como una forma terapéutica reduccionista que se enfoca exclusivamente en el cambio de conducta y pasa por alto la dimensión subjetiva de la enfermedad psicológica. En El muro vemos a varios psicoanalistas explicando el comienzo del autismo, una condición neurológica con un importante factor hereditario, en términos de dramas edípicos no resueltos y de conflictos intersubjetivos.

Tres de la docena, aproximadamente, de analistas que aparecen en El muro (Alexandre Stevens, Esthela Solano y Eric Laurent), los tres de la facción lacaniana, han demandado a la realizadora Sophie Robert por difamación, argumentando que la forma en que El muro presenta sus posturas es tendenciosa, que sus posturas han sido distorsionadas por la edición y que el film es una diatriba contra el psicoanálisis en vez de una evaluación sobria de la teoría y la terapia. Sorprendentemente, una corte en Lille dio en parte la razón a los analistas, prohibiendo El muro y sentenciando a Robert a pagar una compensación de cientos de miles de euros.

Si el lector cree que El muro es propaganda manipuladora, es que nunca ha visto propaganda manipuladora. Loose Change, por ejemplo, que es una película conspirativa sobre el 11-S, es una pieza típica de trabajo de cortado y pegado: casi toda ella consiste en recortes de pocos segundos, sacados de contexto y alevosamente concatenados para servir a los fines de los realizadores. Las distorsiones de Loose Change fueron bien documentadas en el blog Screw Loose Change y por parte de otros desmitificadores de conspiraciones. Lo que vemos en El muro, sin embargo, son psicoanalistas respondiendo a preguntas y hablando largamente sobre el autismo, a veces en tomas ininterrumpidas de casi un minuto. Los seguidores de Freud y Lacan se han mostrado notablemente parcos sobre las supuestas presentaciones engañosas de El muro, quejándose sobre todo del tono “polémico” del film y refiriéndose sólo vagamente a la edición engañosa.

Los motivos aducidos por el juez tampoco son muy creíbles. De hecho, establecerían una prohibición de cualquier forma de edición creativa posterior a la filmación. Irónicamente, el juez acusa a Robert de dejar fuera cierto material que de hecho muestra aún más claramente las extrañas ideas de los psicoanalistas lacanianos. Por ejemplo, uno de los tres psicoanalistas aparece diciendo que a veces el autismo es causado porque la madre está deprimida durante el parto o mientras el bebé está en el útero. Ésta es una representación engañosa de la postura del analista, dice el juez, porque en un segmento no mostrado en pantalla añade que el autismo es por sobre todo una “elección” que realiza el mismo niño. Aparentemente los padres influencian este escape hacia el autismo, pero sólo el niño se hace “responsable”. Una idea tan extraña es salir de Guatemala y meterse en Guatepeor. El juez, sin embargo, cree que es “una postura muy matizada” que no recibe suficiente atención en El muro (uno se pregunta por qué un juez se pronuncia sobre estos temas). ¿Debemos culpar a Sophie Robert por no desenterrar aún más especulaciones pseudocientíficas?

A pesar del trabajo de edición de Robert, cualquiera que se tome la molestia de sentarse a ver el documental entero podrá ver un ejemplo sobresaliente de autoincriminación, con todo tipo de pronunciamientos extraños que son realmente autoexplicativos, y que derivan de una larga tradición psicoanalítica de culpar del autismo a las relaciones fallidas con los padres (Bruno Bettelheim, Jacques Lacan, Françoise Dolto). Por ejemplo, nos enteramos de que los padres deben intervenir en la relación madre–hijo para evitar su fusión sexual; que todas las madres experimentan un período de “locura maternal” luego del embarazo; que toda relación madre–hijo es intrínsecamente incestuosa; que el niño autista “se rehúsa” a entrar al mundo del lenguaje porque está “enfermo de lenguaje”; que algunos padres son impotentes y patogénicos; que una función de la placenta es mediar entre los deseos homicidas de madre y feto durante el embarazo (!); y que el daño psicológico del incesto padre–hija no es algo para preocuparse mucho.

No todas estas exóticas ideas son compartidas por todos los analistas entrevistados, por supuesto. De hecho, si uno consulta a dos psicoanalistas sobre cualquier tema dado, generalmente termina con tres opiniones diferentes. Los analistas de El muro tienen sin embargo una cosa en común: disfrutan el mismo método psicoanalítico gratuito y sin base, y muestran el mismo desprecio arrogante hacia la teorización científica cuidadosa sobre la mente humana. Particularmente dolorosa es la triste visión expresada por muchos analistas lacanianos sobre los beneficios esperados de su (o cualquier forma de) terapia (“el placer de sentirse interesado por una pompa de jabón”, dice un analista luego de un silencio embarazoso). Esto refleja otra doctrina central del psicoanálisis lacaniano: no podemos ser curados de la condición humana, y los síntomas que desarrolla un paciente constituyen su manera de lidiar con el ineludible “nudo” en el que los humanos nos enroscamos a nosotros mismos (de ahí la “elección” del autismo). En vez de alentar falsas esperanzas, o así dicen los lacanianos, deberíamos resignarnos a este estado de cosas. Tratar de librarnos de síntomas debilitantes, como intentan hacer los terapistas cognitivo-conductistas, es erradicar la dimensión de la subjetividad humana. Tal derrotismo es repelente en vista de las intervenciones terapéuticas basadas en la evidencia que existen para lidiar con afecciones como el autismo.

Para que quede claro, algunas partes de El muro están bastante editadas (como ocurre en cualquier film documental), pero los tres psicoanalistas no han presentado ni una sola muestra de una edición que implique una falsa representación grosera de sus ideas. Ejemplos donde preguntas y respuestas han sido reordenadas para mejorar el fluir del argumento no hacen una gran diferencia. En una o dos ocasiones puede considerarse que el proceso de edición pasa por alto ciertos matices o no discrimina suficientemente diferentes puntos de vista. En un lío teórico como lo es el psicoanálisis lacaniano, sin embargo, con sus oscuras y bizantinas doctrinas sobre el desarrollo subjetivo, uno siempre puede culpar al crítico de no captar tal o cual sutileza teórica. Hay que darle crédito a Robert por haberse tomado un gran trabajo para despejar la niebla que rodea al psicoanálisis (lacaniano) y para demostrar con claridad en qué se resume a fin de cuentas la visión psicoanalítica del autismo.

Las otras acusaciones contra Sophie Robert son simplemente ridículas. El film es acusado de ser “polémico”, como si esto fuera un crimen de pensamiento en sí mismo. Un realizador fílmico tiene derecho a expresar sus ideas sobre un tema y a tomar posición si se siente moralmente obligado a hacerlo. ¿Podría cualquier persona sensata realizar un documental sobre la homeopatía, la astrología o la cienciología y permanecer cuidadosamente neutral sobre el tema tratado? El tono polémico del film está perfectamente justificado a la luz de los escandalosos dichos de los psicoanalistas lacanianos. Incluso si Robert hubiera presentado falsamente las ideas expuestas por alguno de sus entrevistados, estos últimos podrían haber escrito una respuesta formal, en vez de arrastrar a una joven cineasta a una corte de justicia y exigir una compensación exorbitante (300 mil euros en total).

La decisión del juez es una violación flagrante del derecho de libre expresión y libre información. Todos los entrevistados habían firmado un acuerdo renunciando a sus derechos sobre el material filmado y aceptando que el mismo sería editado. Aunque la libertad de expresión termina donde comienza el libelo y la injuria, los psicoanalistas no han demostrado ni de cerca que tal fue el caso. Naturalmente, Sophie Robert ha apelado la decisión judicial. Entretanto, los psicoanalistas lacanianos que (comprensiblemente) trataron de censurar estos 52 minutos de vergüenza para su disciplina tendrán que enfrentarse al Efecto Streisand: todo intento de censurar información en Internet terminan casi inevitablemente por producir lo contrario, atrayendo más atención y ayudando a su diseminación. Y el estimado lector es cómplice de este fenómeno.

 

El muro está disponible en YouTube en cinco partes, en francés con subtítulos en castellano (también hay varias copias del mismo en un solo video, subtitulado en inglés). Para más datos se puede visitar el sitio web Support the Wall.