4Feb/131

De lo sobrenatural en la ficción

Hace muy poco terminé de volver a ver completa la versión “reimaginada” de Battlestar Galactica, cuya primera encarnación llenara de lásers, cromo y lucecitas rojas mis noches de los años 1980. La nueva BSG es tanto mejor y más adulta como más polémica: no sólo había en ella SPOILERS! SPOILERS! SPOILERS! escenas gráficas de tortura y sexo entre adultos de la tercera edad sino que, incongruentemente, la historia giraba más y más en torno a profecías, sueños premonitorios, los supuestos planes de un dios único, la frecuente aparición de “ángeles” que sólo una persona o dos podían ver, una misteriosa música que guía a los restos de la humanidad hasta la Tierra (nuestra Tierra) en el pasado remoto, y la súbita desaparición de una mujer (que había muerto y vuelto a la vida previamente) en medio de una pradera.

Battlestar Galactica

Coincidiendo casi con el fin de mi última visita al universo BSG, a principios de este año se estrenó Cloud Atlas en Argentina. Poco había oído de ella salvo rumores de que se trataba de una superproducción, con Tom Hanks y con un mensaje “espiritual”, tres ingredientes que casi garantizan que yo no vaya a ver una película. Me encontré con un grandioso tour de force cuyo argumento fue “explicado” por la crítica generalmente empleando conceptos como el karma, la reencarnación y el destino. Nada sorprendente: estos conceptos sin fundamente están ya firmemente arraigados en nuestra cultura. Pero lo curioso es que en ningún punto me pareció que Cloud Atlas cruzara la barrera que separa la ficción plausible de la fantasía. (Que una sacerdotisa tribal entre en trance y profetice una o dos cosas que luego se cumplen no es nada raro; es lo que le da de comer a millones de astrólogos, tarotistas y otros fraudes de esa calaña.)

No es imposible para mí disfrutar una película con elementos sobrenaturales, pero sí me resulta difícil pasar por alto aquellos que requieren un esfuerzo extra del espectador para ser creíbles sin darle a éste nada a cambio. Cloud Atlas no sólo no necesita un fundamento sobrenatural, sino que explicarla así la vulgariza y le quita fuerza.

¿Puede explicarse Battlestar Galactica de esta manera, sin recurrir a los elementos sobrenaturales que sus personajes, con cierta lógica, asumen que están en juego? Creo que sí, y por eso es que pude disfrutarla, como pude disfrutar Cloud Atlas. La pista crucial aparece cuando los dos “ángeles” conversan sobre la cuestión de si el ciclo de auge y destrucción de las civilizaciones que han observado tantas otras veces volverá a ocurrir en nuestra Tierra. Uno de ellos observa que un sistema complejo siempre puede producir resultados nuevos y sorprendentes y “eso también está en los planes de Dios”. Ante lo cual el otro “ángel”, muy serio, corta: “Sabes que a Ello no le gusta ese nombre” (en el inglés original, “You know It doesn’t like that name”). Con esas crípticas palabras y poco más se cierra Battlestar Galactica.

¿Cómo es que a “Dios” no le gusta ese nombre, si sus “ángeles” lo usan todo el tiempo para impresionar a sus mortales elegidos? Quizá lo hagan porque es la manera más sencilla de referirse a “Ello” sin dar más explicaciones, apelando a creencias previas. De la misma manera en que la puesta en escena de Cloud Atlas nos interpela utilizando categorías que parecen referir a conceptos conocidos, como la reencarnación o el orden cósmico; la diferencia es que en Battlestar Galactica son los protagonistas quienes observan atónitos y desconcertados, o con fe expectante, el desarrollo de su propia historia.

Nos consta que en el universo de Battlestar Galactica hay escritores de novelas de viajes y policiales, pero no parece haber ninguno que escriba ciencia ficción. Si lo hubiese, quizá habría inventado, con mil quinientos siglos de anticipación, la famosa sentencia de Arthur C. Clarke que dice que “Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Si somos seres naturales, ¿por qué nuestros sueños, nuestras premoniciones y hasta el fluir del tiempo físico, por no hablar de los meros objetos materiales, deberían estar exentos del posible control de una entidad también natural y material, pero mucho más antigua y poderosa y capaz de esconderse de nosotros hasta el punto de asimilarse a una fuerza universal?

Las obras más conocidas de H. P. Lovecraft, el corpus que conforma la mitología de Cthulhu y los otros dioses antiguos, están tan repletas de elementos esotéricos y ritualismo como vacías de cualquier concesión a las supersticiones familiares: los “dioses” son seres poderosos que viven en estrellas lejanas o en animación suspendida en el fondo del mar o en algún sitio en ángulos rectos a nuestro espacio tridimensional; los rituales con que se los invoca son la mera puesta en marcha de fenómenos físicos que aparecen al espectador como magia negra. Los dioses lovecraftianos no son ni por asomo tan amables como el Dios de Battlestar Galactica en sus buenos momentos, quizá porque no nos han creado ni les importamos, pero resultan similares en su tendencia a parecer sobrenaturales sin serlo, tanto como debió parecerles sobrenatural el Monolito a los homínidos primitivos del comienzo de 2001: Odisea espacial.

2001: Odisea espacial

En el prólogo a La línea de sombra (1917), Joseph Conrad escribió contra aquéllos que querían ver en su novela un relato basado en lo sobrenatural: “… mi conciencia de lo maravilloso es demasiado firme para que pueda dejarse nunca fascinar por el simple sobrenatural, que, en resumidas cuentas, no es sino un artículo de manufactura fabricado por espíritus insensibles a las secretas sutilezas de nuestras relaciones con los muertos y los vivos en su infinita muchedumbre: profanación de nuestros más tiernos recuerdos; ultraje a nuestra dignidad.” Se refería a la reacción de los lectores ante una aventura en el mar en la que la maldición de un capitán loco y moribundo (luego muerto) parece llevar a su barco a la ruina. No hay en toda la novela nada que no pueda ser explicado por una combinación de los caprichos del mar (que Conrad, marinero antes que escritor, conocía de primera mano) y una cierta dosis de —digamos informalmente— mala suerte.

Para Conrad era propio de ignorantes recurrir a artificios tan burdos y vulgares como fantasmas o maldiciones. Lo era, probablemente, también para Lovecraft, como lo era para Clarke, pese a peligrosos acercamientos al borde del abismo de la New Age como El fin de la infancia.

¿Es posible escribir hoy una buena historia o un buen guión de cine con elementos sobrenaturales típicos? ¿Es posible disfrutarlo? Quizá para algunos. Yo me quedo con la fría pero profunda visión materialista de Lovecraft, con las coincidencias esperanzadas de Cloud Atlas, con la silenciosa intervención del dios impersonal y natural de Battlestar Galactica —que no quiere ser llamado Dios—, o con el cosmos indiferente de Conrad, poblado por personas pequeñas, ocasionalmente valerosas, emotiva y naturalmente vivas.

 

(Ésta es una versión reescrita y aumentada de un post ya publicado en mi blog personal, Alerta Religión, bajo el título Lo sobrenatural, o no tanto. Confío en que el lector puede aprovechar tanto una como otra versión, o las dos.)

1Jul/1112

Asteroide casi destruye la Tierra, salvo que no

El sensacionalismo mediático, el amarillismo basado en el miedo, el catastrofismo innecesario, ya son bastante malos de por sí. Cuando se juntan con la mala religión, el resultado es terriblemente gracioso o terriblemente decepcionante, según quién. Como muestra, un botón. Hace pocos días  unos cuantos medios, aparentemente por el habitual procedimiento de cortar y pegar, publicaron la noticia de que la NASA, distraída por la observación del eclipse lunar del 15 de junio, había olvidado chequear que un asteroide estuvo a punto de chocar con nuestro planeta.  En NoticiaCristiana.com, un portal evangélico, agregan que se dieron cuenta dos días después y que “la ciencia humana falló y… sólo la misericordia de Dios nos pudo salvar de esta catástrofe”.

Signos evidentes de mal periodismo abundan. En primer lugar, mientras el titular y la bajada hablan de una supuesta (y absurda) distracción de la NASA o del público a causa de un eclipse lunar, en el cuerpo de la nota no hay mención de este imperdonable olvido. En segundo lugar, mientras en el titular se habla de un asteroide capaz de destruir la Tierra, en el cuerpo se dice que era del tamaño del objeto de Tunguska, que no sólo no era un asteroide sino que tampoco podría haber destruido la Tierra.

En tercer lugar, aunque es cierto que hay que ser un poco más sutil para descubrirlo, el asteroide 2009 DD45 no estuvo cerca de la Tierra en estos últimos días. Ni en el último año. De hecho, su máxima aproximación a la Tierra ocurrió tres días después (no dos días antes, como implica la nota) de su descubrimiento en 2009, por parte del dos veces citado astrónomo australiano Robert McNaught, y está registrada, como corresponde, en el sitio web de la NASA. En este momento, 2009 DD45 está más bien lejos, de hecho más cerca de Marte que de la Tierra:

Órbitas y posiciones estimadas de la Tierra y de 2009 DD54 al 15 de junio de 2011.

Es de esperar que los medios implicados corregirán inmediatamente el error cometido y se disculparán con sus lectores por la zozobra que pudieran haberles causado y por su mal desempeño periodístico.

13Ene/1118

Abducciones extraterrestres

Una abducción extraterrestre es un “recuerdo subjetivamente real de haber sido aprehendido en secreto, contra la voluntad de uno, por parte de entes aparentemente no humanos, y sometido a procedimientos físicos y psicológicos complejos” (Appelle, Stuart. The Abduction Experience: A Critical Evaluation of Theory and Evidence. Journal of UFO Studies, n.s. 6, 1995/96, pp. 29–78).

Los “abducidos” suelen relatar experiencias similares. El folklorista Thomas E. Bullard realizó en 1987 un estudio sobre 309 casos, mostrando que siguen cierto orden y en el que destacan ocho episodios clave:

  • captura
  • examen
  • deliberación
  • excursión
  • viaje a otros mundos
  • teofanía
  • regreso y consecuencias.

No todos los elementos aparecen en todos los casos, pero sí aparecen la mayoría y en ese orden en la mayoría de los casos. Para Bullard las historias de abducciones tenían puntos en común con las historias de hadas, de “experiencias cercanas a la muerte”, las iniciaciones chamánicas, etc. Además no había mucha diferencia entre los casos de distintas épocas, ni tampoco entre los que “recordaban” conscientemente y los que sólo recordaban bajo hipnosis. Cuando una historia es repetición de otra siempre hay modificaciones con el tiempo, pero las abducciones siempre eran parecidas. Los ufólogos tomaron el estudio como evidencia de que Bullard creía que la abducción era una experiencia real en algún sentido. Más adelante Bullard se volvió más escéptico.

Las abducciones y todo el fenómeno de la aparición de extraterrestres, en realidad, parece que provienen de nuestra cultura. Hay un ensayista, Martin Kottmeyer, que se puso a estudiar la cultura popular y se dio cuenta de que la estructura narrativa del relato de abducción ya está presente en la ciencia ficción de principios del siglo XX. Kottmeyer se ganó la bronca de muchos ufólogos cuando señaló que los extraterrestres descriptos por los esposos Barney y Betty Hill (uno de los primeros casos famosos de abducción, en 1961) eran idénticos a los que habían aparecido en la serie de ciencia ficción The Outer Limits en un capítulo emitido dos semanas antes.

Entre los puntos comunes a muchas abducciones están el hecho de que los abducidos dicen haberse sentido paralizados o haberse quedado inconscientes; los exámenes médicos invasivos, generalmente involucrando los genitales y el ano (lugares física y psicológicamente vulnerables); las advertencias de las entidades alienígenas sobre el destino de la Tierra (mensajes ecológicos o antinucleares); el “tiempo perdido”, no en el sentido de “desperdiciado” sino de que los abducidos dicen no recordar qué pasó durante horas o días; y al regresar, la idea de que los extraterrestres dejaron algo, una sonda, un instrumento de vigilancia, etc., dentro del cuerpo de los abducidos.

La forma en que se construyen estas historias es variable. Algunas personas las van “recordando” por su cuenta y otras, inquietas, terminan yendo a algún psicólogo (real o falso) que los somete a regresión hipnótica para que vuelvan los recuerdos supuestamente reprimidos de la experiencia. Lo que ocurre es que bajo hipnosis el sujeto es muy sugestionable y si bien no se le puede convencer de cualquier cosa, el hipnotista y el sujeto pueden incluso sin darse cuenta construir una historia a partir de casi nada, inventando detalles.

En todo caso lo curioso es que las personas que dicen haber sido abducidas son de lo más variadas y generalmente no son creyentes fervientes en los OVNIs, ni tampoco gente con bajo nivel intelectual o con pocos estudios.

La explicación científica más aceptada para el fenómeno, o por lo menos para lo que lo desencadena, es la parálisis del sueño y los sueños lúcidos no controlados. La parálisis del sueño es lo que nos ocurre cada noche mientras estamos en fase de sueño REM: el cuerpo literalmente está paralizado, no tenemos tono muscular. Si no fuera así querríamos movernos igual que en el sueño y nos lastimaríamos. Esta parálisis normal ocurre estando inconscientes. Pero por distintas razones a veces experimentamos parálisis mientras estamos conscientes. Aparece en algunas personas sanas espontáneamente, y en otras como síntoma de narcolepsia. Es muy angustiosa porque da la sensación de que no se puede respirar y de que hay una presencia cerca que no podemos ver. En culturas tradicionales se la conoce y se la asocia a fantasmas o demonios.

Fuentes consultadas:

Este artículo fue utilizado como base de la exposición sobre abducciones extraterrestres en el podcast Pienso, luego dudo, capítulo 3.