27Feb/132

Mauritia (que no es la Atlántida)

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Publicado por:PabloDF.

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Como todo el mundo sabe (o debería), la forma en que las costas de América del Sur y de África parecen recortadas para encajar una en la otra no es una casualidad, ya que hasta hace 130 millones de años estaban unidas. Esa visible separación no fue la primera. Unos 185 millones de años atrás, África y Sudamérica, junto con lo que hoy es Australia, Antártida y el subcontinente indio, estaban unidos en una masa de tierra llamada Gondwana.

Las primeras en abrirse fueron África e India. Por un tiempo ambas viajaron juntas hacia el norte, al encuentro del otro supercontinente de esa era, Laurasia. África terminaría cerrando el Mar de Tetis, que había al sur de Laurasia, formando el Mediterráneo. India no frenó con tanta suavidad: en su carrera impactó violentamente con el sur de Asia, desencadenando una terrible actividad volcánica y haciendo que se levantaran los Himalayas. Por el camino se dejó, hace unos 88 millones de años, un trozo cerca de su antigua vecina, África: la gran isla de Madagascar.

gondwana

Un grupo de investigadores acaban de descubrir evidencia de que Madagascar no es el único resto de aquella separación. Estudiando granos de arena de las playas de la isla de Mauricio, en el Océano Índico (al este de Madagascar), encontraron evidencia de que hubo allí una franja de tierra emergida, que algunos han llamado un “minicontinente” y al que bautizaron Mauritia. (No sería extraño que el nombre de Mauricio no le suene al lector. Lo único notable sobre la isla y sus vecinas es que eran el hogar del malhadado dodo, el ave no voladora cuyos descubridores europeos lograron extinguir en apenas ocho años.) Naturalmente, e incluso antes de que los magufos lo hagan, editores mediáticos poseídos por un empeño injustificado de rellenar la noticia con material sensacionalista ya han empezado a relacionar Mauritia con la Atlántida.

Mauritia=Atlantis?

Los investigadores encontraron evidencia de la existencia de Mauritia al observar la composición de las arenas de Mauricio. La isla es de origen volcánico y su arena es basalto de unos nueve millones de años de antigüedad, pero se halló también un tipo de mineral (zircón, o silicato de zirconio) que normalmente forma parte de la corteza terrestre continental. Los zircones de Mauricio tenían una antigüedad de entre 600 y 1970 millones de años, por lo cual se supone que fueron parte de la corteza de un continente hundido y llegaron a la superficie a través de erupciones volcánicas posteriores. Según parece, Mauritia se encontraba entre lo que es hoy Madagascar y la India; cuando éstas se separaron, la India “desparramó” los restos de Mauritia hacia el norte antes de dejarla atrás definitivamente.

Es muy posible que las islas Seychelles, que están al noreste de Madagascar, sean parte de esos restos, dado que son las únicas islas océanicas del mundo cuyo sustrato es de granito, parte de una antigua meseta continental (todas las otras islas océanicas son volcánicas, formadas por erupciones submarinas, o bien coralinas). Para saber más habrá que investigar el lecho oceánico en torno al archipiélago de Mauricio.

8Ago/111

La pseudolingüística y la búsqueda de parientes perdidos

Mayas y egipcios

¿Egipcio = maya?

Mucha pseudociencia “funciona” a base de encontrar patrones y relaciones ocultas (cuando no ocultadas por alguna oscura conspiración) donde no las hay. Entre ellas está la pseudohistoria, que nos ha dado historias de la Atlántida o de contactos entre antiguos mayas y egipcios, con algún ocasional extraterrestre como añadido de color. Una de las herramientas comunes de la pseudohistoria es la pseudolingüística.

Una forma de pseudolingüística funciona así: se propone que existió un contacto entre dos pueblos que creíamos totalmente separados por la geografía. Esto sirve para “probar”, por ejemplo, la existencia de un continente —hoy desaparecido— que habría comunicado esas dos civilizaciones. Como “evidencia”, se sacan a relucir coincidencias entre los idiomas. Digamos que tenemos dos civilizaciones antiguas, los gatotecas en América y los perrombungas en África. En lengua gatoteca “casa” se dice guchu y en perrombunga se dice kochu. En gatoteca hay una palabra para “ciervo” o “venado” que se pronuncia itsela, y en perrombunga “antílope” se dice etzera. En gatoteca tuichuk significa “sirviente” y en perrombunga “esclavo” se dice wichuduk. En gatoteca “ladrillo de construcción” es sheptu y en perrombumga “guijarro, piedrita” es shapsu. Y así sucesivamente.

Como habrá notado el lector, lo que constituye una coincidencia fonética no está bien definido. Hay palabras que “suenan parecido” pero no hay una regla fija para determinarlo. Y quizá guchu no sea realmente “casa” en gatoteca, sino específicamente “choza de hojas de palma”, y quizá kochu en perrombunga no sea “casa” sino “rey” y sólo por extensión se utilice en el sentido de “gran residencia, palacio”. Quizá en gatoteca itsera signifique “cuerno” en lugar de “ciervo”. Quizá wichuduk en perrombunga no signifique “esclavo” sino que sea el plural de widuk, que significa “miembro de un pueblo conquistado”. Relajar los criterios aumenta la probabilidad de encontrarse con una coincidencia.

La pseudolingüística de Charles William Johnson

Un ejemplo de falta de rigor comparativo lo encontramos en la obra de Charles William Johnson, un académico que logró convencerse de que los mayas y los egipcios estuvieron en contacto, basándose en coincidencias lingüísticas entre las lenguas mesoamericanas y el egipcio antiguo. En uno de sus textos presenta una lista de correspondencias de sonido y significado entre el náhuatl y el egipcio. Para Johnson basta que coincida alguna consonante y quizá alguna vocal (si acaso) para considerar que dos palabras están relacionadas. No hay criterio uniforme: hual se corresponde con uar y huapalli se corresponde con aba; para malakotl encuentra mar, m'katau, m'rkata-t y otras palabras que sólo vagamente tienen un significado parecido. Como muchas veces no queda satisfecho, decide que la l en náhuatl es una conjunción o una “pausa en la búsqueda de palabras” y la elimina cuando le parece conveniente para que la palabra náhuatl se parezca más a la egipcia.

A pesar de haber estudiado idiomas y haber trabajado en México, Johnson parece ignorar que tl en náhuatl no representa un sonido t seguido de un sonido l, sino que es un digrafo con el cual se transcribe el sonido /tɬ/ (la africada lateral alveolar sorda), con lo cual no se puede quitar la l y dejar la t (sería como tomar la ch española y quitarle la h). Peor aún, inventa que la tl final que observa en muchas palabas puede significar “la cosa para…”, cuando es bien sabido que -tl no es más que un sufijo denominado absolutivo, que se coloca a los sustantivos cuando están en singular y sin marcas posesivas. El náhuatl es una lengua viva con un millón y medio de hablantes, por lo cual no hay excusa para esa clase de errores.

Johnson plantea que ignorar estas “coincidencias” es contradecir las leyes de la probabilidad. En un ensayo (en inglés) titulado How likely are chance resemblances between languages?, Mark Rosenfelder demuestra con todo detalle probabilístico cómo es posible, utilizando criterios laxos como el de Johnson, inferir relaciones entre cualquier par de lenguas que uno desee. Incluso con criterios relativamente conservadores a nivel fonético se puede “probar” una relación genética entre el quechua y el hebreo o el chino y el inglés, si por “probar” se entiende “encontrar doscientos o trescientos pares de palabras de uno y otro idioma que tienen un significado relacionado y que suenan parecido”.

El método comparativo

La búsqueda indiscriminada de parecidos entre palabras de idiomas distintos se denomina comparación léxica masiva. Cuando se hace con un mínimo de criterio puede servir como puntapié inicial para una investigación más rigurosa, pero de todas formas la mayoría de los lingüistas no la considera muy fiable.

El método reconocido para discernir parentescos entre lenguas se llama método comparativo y funciona a base de buscar reglas sistemáticas de cambio fonético entre las lenguas en estudio y su antecesora o lengua madre según la hipótesis. Si la lengua madre es conocida por registros históricos el trabajo se simplifica considerablemente, como es lógico (tal es el caso del latín y las lenguas romances que descienden de él). Si no se conoce, se la denomina protolengua y puede ser, en principio, reconstruida en forma aproximada (eso es lo que se hizo con el protogermánico, del cual descienden el inglés y el alemán).

Que los cambios sean sistemáticos significa que las palabras que se supone son coincidentes (cognados) deben diferir entre sí en forma regular. Por ejemplo, podemos suponer que el gatoteca y el perrombunga están relacionadas si encontramos una serie de pares de palabras como ésta:

gatoteca significado perrombunga significado
guchu “casa” kochu “residencia”
gulalam “esposa” koraraa “esposa”
guyep “temor” koyef “susto, mal momento”
ginim “oro” kwenii “oro”
gilaap “abultado” keraaf “abundante”
gaptu “rueda” kwattu “redondo”

Como se ve, las palabras (además de tener significados iguales o razonablemente parecidos) varían en forma sistemática en su consonante inicial: g en gatoteca, k en perrombunga. El lector atento habrá notado otros patrones: las vocales altas en la primera sílaba en gatoteca (u, i) se corresponden con vocales medias en perrombunga (o, e); la l en gatoteca se refleja como r en perrombunga; la p final del gatoteca se corresponde con una f final en perrombunga; la m final en gatoteca se pierde en perrombunga con alargamiento compensatorio de la vocal precedente. (Hay otra más, que les dejo como tarea.) Estas regularidades, obviamente, deben ser confirmadas de la misma manera, y no con unos pocos ejemplos sino con decenas o centenares de palabras. Si se mantienen, y si los dos idiomas se hablan en lugares distintos y no nos consta que los hablantes de uno hayan colonizado a los del otro, es dable suponer que son lenguas emparentadas, que descienden de una misma lengua madre.

Mediante comparaciones sistemáticas e inferencias como éstas se han logrado hazañas como la reconstrucción, con bastante confianza, del protoindoeuropeo, lengua madre de la mayor familia lingüística del mundo, del que no tenemos ningún registro histórico ya que debió haberse hablado, según se calcula, hace unos ocho mil años.

En la vida real, por supuesto, el asunto se complica por una multitud de factores. Pero como primera aproximación, siempre se debe desconfiar de supuestas relaciones entre idiomas que se basen en comparaciones no sistemáticas. Aquí, como en todas las ciencias, es muy fácil engañarse y terminar encontrando, no la cruda verdad, sino lo que uno deseaba.